Invierno.

Son las siete de la tarde y la negrura del invierno se refleja en un suelo inusualmente nevado. Es Madrid y otra ola de frío prestado, porque a los países en crisis hay que prestarles todo, hasta el aliento de sus estaciones. En vano intento lucir firme con las botas de tacón que compré por sólo veinte euros. El perro, con su sempiterna mente de cachorro, tira de la correa de paseo como si fuese la última vez que saldrá en su vida. Yo mantengo el equilibrio a fuerza de no mantener el paso y, trastabillando, llego casi de bruces al portal donde el perro y yo nos encerraremos a tratar de dormir fingiendo disfrutar el clima, jugando a ser salmones.

Tú estás ahí. Parado en medio de la noche como si no estuvieras vivo.

Has envejecido. La blancura de tus cabellos escasos me lo demuestra y tu piel, roja como siempre y arrugada como nunca, denuncia que llevas un buen rato ahí parado. Inmóvil, aunque no tan inmóvil como tú, una maleta.

Me pregunto si en realidad estás ahí o si estoy alucinando mientras muero de hipotermia como La Niña de los Fósforos. El perro te ladra y lo reprendo con un tirón a la correa. Su ladrido me ha hecho comprender que tú realmente estás ahí.

-Has cambiado la cerradura. La llave que me llevé no sirve.

-No lo sé. La habrá cambiado el dueño… ¿Qué haces aquí?

-Te dije que vendría con la Navidad.

Recordé entonces tus palabras: “Vengo con la Navidad” y que era 21 de diciembre. Me costaba establecer la relación acertada entre mi espacio y tu tiempo y por ello te dejé hablar y me esforcé en fluir contigo, mientras ambos escondíamos de la vista del otro una de nuestras manos.

Hablabas de un arrepentimiento que sin mi rencor no tenía sentido. Te esmerabas en disculpas que sin mis recuerdos no valían de nada. Declarabas un amor que sin éxito intentaba borrarme el frío de las rodillas y al final, no sé por qué, te disculpabas por un tiempo perdido que a mí tan sólo me sabía a transcurrido.

El frío me dominaba y no reconocerte me podía aún más. Tus ojos seguían aparcados en la primera vez que los vi, pero nada de su ecosistema se mantenía vivo. Tu cuerpo largo y ligero quizás no lo era más, pero yo no podía saberlo porque lo habías protegido con muchas telas y cazadoras de estampados y colores que distraían mi intención de revelarte, de indagarte en busca de alguna memoria de ti.

Yo vestía de negro y gris. Sentía en la espalda la presión de un sujetador desafiando la consecuencia de haber alimentado a mis cachorros. A ratos me parecía que mi pelo volvía a ser infinitamente largo y mi vida infinitamente ingenua y que aquella Madrid de nieves prestadas y tranquilas era un punto desde el cual intentar huir y que tú me lo impidieras.

Pero eso no era verdad. Estaba en un puerto seguro tan distinto a aquel escenario en el que años atrás había cabido la opción de que ofrecieras protegerme. Sin embargo, por un instante tuve miedo de que la mano que escondías trajese consigo una petición que yo no pudiese aceptar. Y entonces caí en cuenta de que yo escondía una de las mías.

El perro volvió a ladrar, impaciente, quizás, por el frío.

Con dificultad, te doblaste sobre una de tus rodillas y le ofreciste mimos que él, receloso, no aceptó.

-¿Qué le pasa a Beto?

-Él no es Beto. Beto murió de viejo. Hace seis años.

No había terminado de salir de mi boca esa revelación cuando sentí el frío del oro rodeándome el dedo dentro del bolsillo del abrigo. Sin sacar mi mano de allí, usé el pulgar para girar la alianza intentando calentarla.

Y entonces Beto, con su amor incansable de siempre, me despertó lamiendo mis lágrimas.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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