Años después de tu muerte

Fue a manos, a pies y a boca del error que tenías por mujer.

No fuiste tú, ni yo, ni el hampa, ni un frasco de pastillas engullidas por error. Fue ella quien te mató, con mi ingenuidad y su desparpajo, con sus paranoias y mi resignación, con algún amigo de por medio que puso su estampa en medio de aquel conato de escándalo que no llegó a ser aquella noche, pero que hubo de serlo después.

Yo, sin embargo, ignoré tu muerte hasta el instante en que mis sentidos te descubrieron agonizar, allí, como un símbolo, tan cerca de aquella facultad de medicina. Tú sabías que era el día de tu muerte y yo, despistada como siempre, creía que me preguntarías alguna nimiedad sobre mi deseo sostenido de emigrar a donde fuera.

Pero tú habías ido a morir y no te detendrías hasta hacerlo.

Mi amigo querido. Mi adulto admirado. Mi inaccesible. Yo no sabía que te querías morir. Yo lo había fantaseado tantas veces, que ni siquiera sabía que de verdad podías hacerlo.

Y entonces, tus ojos vacilantes entre verdes y amarillos se empeñaron en mostrarme cómo mi consciencia de ti, mi presencia ante ti y mi desesperanza de ti se iban a la mierda conforme mi cerebro desmenuzaba sin crédito una cartita enredada, como tú y como yo, como todo. Una cartita con las mayores pretensiones de mi vida y con algún deseo, quizás temporal, de la tuya. Una cartita rebuscada que me dejó sin poder reaccionar, sin saber cómo hacerlo, en parte porque no estaba segura de haberla comprendido, en parte porque no me conformaba con tu muerte, amigo.

En parte porque verte reencarnar en hombre era algo que estaba muy dentro de mis ganas y muy fuera de mi presupuesto.

Y vino la cartita y me jodió la vida, porque nunca supe ni sabré si besarte o seguirte tratando con el respecto asexuado con que se trata a los amigos. Mi amigo amado, mi secreto muerto. Mi entonces desvelado enamorado que se despide con distancia porque tiene una mano de póquer que atender.

Y yo, entonces, a las puertas de mi apuesta más grande.

Jamás sabré si la ausencia de un beso aquella tarde fue tu forma de invitarme a guardar el luto por tu partida. Aún no sé si fue una suerte de babyshower del romance: saber del recién nacido sin todavía poder acariciarlo. Nunca voy a saberlo porque sobre el beso que no fue, nadie teoriza.

Sé, sin embargo, años después de tu muerte, que seguro descansas en paz, que mi amigo inalcanzable puede cuidarme desde mis recuerdos, incluso del hombre que no siempre sabe cuánto ni cómo amarme. Aún agradezco la muerte del ideal que fuiste y la vida del altibajo que eres.

Aún te amo.

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