Pepsicola

Desde mi más tierna infancia he fantaseado con diversas venganzas miniatura que, más que llenarme del simple placer que se deriva de la maldad, me harían justicia frente a todas esas cosas del mundo ante las cuales no tengo ni opción ni acción. Una justicia particular, casi inofensiva, pero mía.

Durante años creí que eso cambiaría con los años, que el gusano de la perversidad estúpida acabaría aplastado por un pila de valores de convivencia pero, en realidad, del dicho al hecho hay pastizales, montañas y cataratas y, si bien mi proceder es de los más domésticos que se hayan visto, en mi mente se sigue tejiendo una infinita cadena de pecados en potencia.

El más reciente viene, quizás, de mi deseo incontenible de contarle al mundo cómo el corazón comenzó por entibiárseme y, en el devenir de un amor cada vez menos correspondido, ardió bajo sábanas y ahora se me ha calentado de dolor, se me ha hinchado y agitado, ha burbujeado con la sangre intentando escapar como si fuera gas y, al final, se ha quedado autista, latiendo por latir, latiendo con lo mínimo, como si le agobiase la esperanza de que algo ocurriese para hacerlo vibrar una vez más, como hasta hace poco, tan poco.

Creo que nadie se lo imaginaría tan claramente como esto: una lata de Pepsicola, ingenua e inofensiva lata de Pepsicola, siempre atenta para agradecer susurrándole un “Pssssst” al que la destape y se la beba y la ponga en el suelo y la pise justo a la mitad, dejándosela encajada en un zapato a manera de patín, rodándola una cuadra o dos en el más denigrante paseo, pero paseo al fin, porque a las latas de Pepsicola no suele pasearlas nadie.

Y, en lugar de eso, la lata de Pepsicola es cogida sorpresivamente, sin poderse defender siquiera con su piel metálica pegajosa de frío, y es metida al microondas.

La compuerta se cierra y no se puede abrir desde adentro. El temporizador se activa a 360º y, en tan sólo unos segundos, lo que hubiese sido un susurrado “Pssssst” se convierte en el aullido de una fábrica, con una de sus máquinas desangrándose por todos los poros y la otra probablemente en llamas.

Y de eso va todo. Meter una Pepsicola al microondas. Ya está.

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Una respuesta a Pepsicola

  1. Las latas de cola tienen burbujas oscuras, pelotitas redondas que te raspan la garganta, pero ¿qué tienen por dentro esas burbujitas que les hace brincar tanto? Es posible que un alma de sabores les dé vida y haga que se adueñen de tu boca y luego de tu tráquea y más abajo, abajo hasta llegar a un lugar donde se quedan como dueñas y ya te tienes que volver su amante, es decir, un adicto que tiene seres redonditos en el cuerpo y que las colas no son sino un resto del verdadero espíritu del sabor que no sabe a nada, ni a aire. Pero que gusta.

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