¡Gracias, Kim Kardashian!

La verdad, durante el último año he estado consumiendo chatarra en la tele. Durante el último año le he dado de comer al gen idiota que me vino de fábrica y que ni el colegio ni mis deseos de trascendencia han podido aniquilar. Siento empatía por las Kardashian y envidia porque no tuve ese container de hermanos, sino una única hermana mayor que no me carga como Klhoé carga a Kourt.

Me gusta ver televisión porque me impide pensar y, como Reagan en The Matrix, digo “bendita ignorancia” porque todos los días durante el último año he padecido y gozado por igual el paquete más pobre de Supercable, el que tiene sólo dos canales de películas, dos de noticias y uno de farándula, y con ello he aprendido fashion de tres o cuatro años atrás, muchas recetas de chutney que es lo único que se cuece en El Gourmet y unos programitas de animales que me han convencido de que, aún en contra de mi voluntad, el mundo es una completa mierda, porque el chita no merece el lujo de un rabo ágil e inmenso si igual puede morir de cansancio y porque ese cervatillo de ojos saltones y nalguitas afelpadas se había ganado mi cariño en el momento en que un pajarraco le voló encima y lo agarró para segarle la vida.

La verdad, durante el último año he sentido que tengo más televisor que televisión, que ese cajón Viera Panasonic que en alguna hora le compré a mi hermana es bueno para ver mi propia sombra en algún momento indescriptible en el que hago cosas impronunciables que acaban por reflejarse en la pantalla LCD en donde sólo minutos atrás quizás estuvo Winnie The Pooh cantando cancioncitas inocentes. Es el castigo de no pagar por ver, o eso creí hasta hace poco.

Reconozco lo políticamente incorrecto de algunos detalles que no esperan ser narrados. Por eso no diré que el domingo pasado quise ejercer un poco esa sensualidad cargada de cavilaciones que después de mucho esfuerzo obtiene la recompensa de un encuentro emocional y emocionante, ese paso prejuicioso del mimo a la barbarie que comienza sin establecer más compromisos que los que caben en el susurro de algo cursi. No diré que tenía en mente decir alguna inocentada que despertase el fetiche de mi compañero por las colegialas. No diré, siquiera, que sé que muy en el fondo a todos los hombres les gustan las colegialas y mucho menos diré que me aprovecho de mis tímidos volúmenes para inspirar al mío en ese sentido.

Sólo diré que, por azar, con una nalga, pisé un botón cualquiera del control remoto del televisor. Enseguida una película distinta a las cinco que permutan enfermizamente en Cinecanal sorprendió mis oídos. De inmediato mi erotismo se desvaneció dando paso a la fascinación ante un televisor que por primera vez en mucho tiempo no me decía lo mismo de siempre.

Mis pensamientos fueron muchos, en calma pero veloces, sosegados y en desorden… ¿Estaré experimentando algún tipo de amnesia que me haga no recordar los mismos diálogos que escucho siempre? ¿Será tanto mi hastío de anticipar las líneas de Jean Grey o Susie Salmon que ahora finjo ante mí misma que no las conozco? Pero en la tele no estaban Jean Grey ni Susie Salmon ni la mamá de las Kardashian vendiendo ropas tejidas con hilos de distintas artimañas.

Estaba una niña gringa que jamás había visto antes. Estaba una banda sonora y una tipografía de bajo presupuesto que jamás había escuchado ni visto antes. Estaba el logo de un canal que…

-Amor… ¿Nosotros tenemos canal Sony?
-No. Sólo la cagada ésa de Cinecanal y Cinemax, con todas las películas dobladas en mexicano.
-Pero eso que está ahí… tiene el logo de Sony.

Él saltó de la cama como si estuviese viendo a Chávez entrar por la ventana. Yo lo seguí y en un segundo nos hallamos sentados como indios, uno al lado del otro, las piernas cruzadas, los ojos dilatados y adheridos al televisor.

Observamos en silencio por un instante que se sintió largo.

Tomé el control remoto mientras él me decía con apuro que no se me fuese a ocurrir apagar el televisor, que probablemente era una señal robada de la antena de algún vecino, que una especie de jailbreak se habría ejercido por accidente en Supercable y ahora podríamos ver de todo, hasta porno, sin pagar un bolo adicional.

Cambié el canal y volvimos a la estúpida programación de siempre.

Entonces, sucedió.

Comencé a probar canales tecleando manualmente los números, desde el 1, y encontrando en cada uno canales que jamás pensamos que estarían en nuestro paquete de mierda, el más pobre de Supercable, el infinitamente más pobre que cualquiera que hayamos visto en cualquier hotelucho de mala muerte.

Programas de cocina con recetas de verdad, canales deportivos, la televisora italiana, Antena 3, varios canales con series y películas, Globovisión y Telesur (sí, nada es perfecto), canales de comiquitas… ¡Y hasta un jodido canal, el 19, con la guía de programación de Supercable con canciones de Britney sonando al fondo!

El regalo del Niño Jesús, según mi amigo Julio; una jugarreta “del televisor de mierda”, según mi estupefacto Ber; una forma muy sencilla y sensible de renovar los votos a un año de nuestra mudanza, según mi ánimo de ver en cada cosa un mensaje personalizado, innovador y consciente enviado a mi alma desde las mismísimas entrañas del mundo. Son 90 canales de televisión por suscripción envueltos en el misterio de no saber si todo se trató de una mala configuración el día que instalamos el televisor o de un acto de caridad de la dueña del apartamento, que se dignó a cambiarnos el paquete.

De cualquier modo, creo que la vida nos está regalando pequeños guiños para renovarnos. Creo que la rutina encontró su excepción al ver que no tiene cabida en la vida de estos dos idiotas frente al televisor. Creo que tengo un novio nuevo, porque el que tenía antes no veía CSI Miami y el de ahora sí y creo que él tiene una novia nueva, porque la que tuvo hasta el fin de semana pasado no reía con absurdos conflictos familiares mostrados en El Diario de Antena 3.

Aún así, los paupérrimos canales con los que contamos antes nos amortiguaron muchos ruidos y nos arrullaron noche a noche. Porque uno no olvida aquellos lazos formados a la fuerza en momentos en que el resto no estuvo presente, debo decir… ¡Gracias, Kim Kardashian!

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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