A destiempo

Azucena tiene los ojos grandes y varias proezas en su haber como, por ejemplo, no moverse mientras duerme y cortarse el pelo a sí misma, cosas que hablan de Azucena y de su infinita cualidad de cuidar su orden interno: cada latido suyo, cada parpadeo, responden a un fin mayor siempre relacionado con el éxito que, a su vez, no es la procura de saciedad a un temperamento arrogante sino el plan de acción para construir la más feliz de las familias.

Azucena, como pocas, siempre ha soñado con construir una familia en la que ser la ama de casa sea su gesto más heroico. Azucena también ha visto el éxito de cerca porque sabe buscarlo en lo normal y diminuto: una combinación de ropa bien lograda, una coma corregida a tiempo, una victoria sobre el cansancio en cada noche que recuerda cepillarse los dientes antes de dormir. Es Azucena y su concepto de la vida como la más dichosa de las ocasiones.

Pero nada es absoluto, ni siquiera la absoluta absolutez de Azucena. Y hoy ella se dará permiso de lamentarse por algunas cosas que no han tenido cabida en los años de plenitud que siguieron a la revelación del mayor de sus secretos: el amor. Se lamentará concretamente por una sola cosa que comprende varias personas: lamentará todas las veces que deseó acostarse con hombres que le gustaron y gustaron de ella y lo lamentará fundamentalmente por haber desperdiciado esos posibles encuentros a cambio del indicado; un indicado que resultó inmune a la noción de fidelidad, al valor de la verdad y al amor de Azucena.

Azucena recordará entonces aquel par de ojos grises que una vez le robaron un beso y deseará tenerlos enfrente no para sucumbir ante ellos, sino para poner al límite su lealtad y sentir que se exorciza al conservarla a pesar de que su compañero no haga lo mismo.

Azucena también querrá estar en el seno de aquel que le gustó hace mucho por representar para ella una oportunidad de proteger y servir cual policía de película: lo buscará para abrazarlo y mimarlo una vez más, para decirse mutuamente que vale la pena creer que el amor existe y ambos lo merecen y en secreto se enfocará en no humedecerse para así matar el mito de que la carne es débil.

Azucena escribirá un correo electrónico a aquel de robusta barba y pobladas cejas y recibirá de buena gana sus cortejos desde Canadá. Los responderá como la heroína de un cuento en que nadie, a excepción de ella misma, conoce el valor del amor. Encajará con indiferencia cada insinuación y saldrá fortalecida al saber que no erra no por falta de oportunidades sino por exceso de moral.

Ésta es Azucena y el inicio de una historia en la que Azucena venga a todas las mujeres que son verdaderas mujeres, lejos de la nostalgia de barril que se gestionan las arribistas y los fanáticos del pasado como elixir para exculparse. Es Azucena y las ganas de florecer como su nombre. Azucena y su renovada fe en los peluqueros y las arrugas de las sábanas. Es Azucena cambiando para volverse libre.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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