Inexpresivos

No puedo evitar correr a asomarme a la ventana con cada moto que escucho pasar. Es el precio de estar sola en la casa así sea por diez minutos: volverse perro, esperar al amo, replicarlo en todos los sonidos familiares, correr a su encuentro, agitar el rabo, babear y, si la emoción es tanta, orinar sin reparos, que no ha pasado pero no lo descarto, pues tú y yo no somos de protocolos, nunca lo fuimos: Tú llevas la chaqueta un poco sucia y yo me afeito sólo la parte de la pierna que me deja ver el vestido.

Soy tu perro, nunca tu perra, porque quizás para mal eso no está entre las cosas que me enseñaste. Soy tu perro porque un año de vida contigo me parecen siete en lo mucho que me haces falta; lo soy encareciendo tus ausencias, breves, brevísimas, para revalorizarnos el reencuentro. Aprendí a serlo por temerle tanto al temple asesino de lo cotidiano; aprendí a aliarme con las rutinas y encontrarle lo especial a la bisagra de esta puerta que bufa su metal sordo porque llegaste.

Memoria brevísima de perro que no sabe tomar cuenta de tus equivocaciones; tampoco de las mías. Memoria brevísima de perro que intenta robarse el mérito de recordar la primera vez que te vi cuando, en realidad, la recuerdo porque fue mi corazón y no mi mente el que me dijo que contigo iba a ocurrir todo, sin importar los años que hubiera que esperar ni las aparentes imposibilidades. Tu imagen es memoria de mi alma y mi paciencia, porque mi cabeza jamás almacenó demasiado.

Me gusta este apartamento de independencia improvisada como la nuestra, éste que nos obliga a hacer de todo un secreto, porque un ruido de más sería el chisme del siglo, porque un ruido de más nos privaría del graznido de los loros que pasan a cada rato recordándonos que los más libres son también los más frágiles. Me gustan los ruidos que hay aquí, el tic-tac del horno que me ha dejado mostrarte que hay poco mundo más allá del placer barato de un plátano con queso.

Tus onomatopeyas y las mías: el idioma privado que nadie comprende pero que todos quieren hablar, el vocabulario de diez palabras que nos vuelve especiales y nos vuelve animalitos, que nos vuelve creadores y tarados, que sirve para servirse, para perderse, para bañarse, para tapar la palabrota orgásmica que se queda sin salir a quemarnos la sangre y convertir el amor en sexo; la que le cede el puesto a cada gesto infantil que nos marca a fuego la vida. Nuestro léxico misterioso que sólo los amigos más cercanos triunfan al descifrar: “esto es sueño”, “esto es hambre”, y que aún reserva el santo y seña que revela nuestras ganas de cerrar las cortinas y perdernos de ellos y de todo.

Me gustan tanto nuestros sonidos que me costó descubrir que puedo apagarlos todos, uno a uno, desde el repique del celular hasta tu mismísima voz. No hay nada, excepto blanco. Un blanco que de pronto se vuelve una manifestación dentro de lo vacío: puedo verte, oírte, amarte y encontrarte aún donde parece no haber nada y me pregunto si acaso me estaré acostumbrando a quererte de interpretaciones, de las cosas que no son obvias, desde lo que no pasa porque no-suceder de algún modo es pasar y descubro que lo que no vivimos es justo lo que nos falta por andar y que eso es tanto que vale más que tus ruidos, que los míos, que los que entran de la calle, que todo.

Estamos y somos, aun inexpresivos.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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Una respuesta a Inexpresivos

  1. alexbariv dijo:

    Que texto más particular, ciertamente transmites una intensidad que bueno… Un saludo.

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