Un alter ego japonés

La primera vez que el chino me habló creí que se trataba de un asiático legítimo. Escuché su voz nasal y velocísima persiguiendo mis ideas como un perro que persigue su propio rabo, cuestionándome por algo que a estas alturas no recuerdo. El chino es así, un malhumorado de primera, un tipo de apariencia feliz que, paradójicamente, rumia sus inconformidades en una lengua que no entiendo aunque pueda identificar las causas de sus reclamos.

Ha sido él quien ha acompañado mis instantes más sublimes: él me vio en mi graduación de preescolar, en la del bachillerato, en todos mis cumpleaños y en aquellas madrugadas decembrinas en las que corrí descalza a ver los regalos dejados por una deidad destinada a salvar al mundo y que, al final, resultó ser mi papá que, si bien prepara ricos batidos de frutas, está excesivamente lejos de la habilidad de convertir el agua en vino.

El chino observó todo, pero calló siempre. Nunca se manifestó sino hasta hace poco, cuando un séquito de angustias cargaba la cola de mis pensamientos como lo hace un cortejo con el traje de la novia. En esos días sin respuestas, en esas noches sin sueño, en esos textos sin título, sin principio y sin final, el chino rompió el hielo y empezó a conversar conmigo, tal vez para amainar el silencio de uno que otro amor no correspondido, de una que otra soledad multitudinaria de esas que me aquejan de vez en cuando y me hacen escribir cosas cursis como las que la gente intensa escribe cuando cree que se va a morir.

Me habló poco, pero suficiente para entender que debía dar un nuevo rumbo a mi vida, una nueva relevancia a mis días: dar significado a mis acciones. El chino es un tipo consciente; es todo lo serio y maduro que yo no puedo ser, tal vez porque no hablo tan rápido o, quizás, porque yo no soy china.

Aquella tarde de sol agobiante, cuando su voz retumbó en mi cabeza por primera vez, miré a mi alrededor de forma tan paranoica que logré sentirme perseguida por mí misma. Lo busqué detrás de mí, a mi lado, adelantándome por el hombrillo del bulevar de Sabana Grande, pero todo esfuerzo fue inútil: no vi a ningún chino enojón caminando cerca de mí, batuqueándome en la cara sus manitos amarillas y abriendo cuanto podía sus ojos rasgados. No estaba, no existía, el chinito bravucón sólo estaba en mi cabeza.

Creí que estaba volviéndome loca y a estas alturas reconozco mi ingenuidad de entonces: no fui capaz de entender que desde hacía mucho tiempo no estaba bien y que la mejor prueba de ello era, justamente, que el chino se hubiese dejado escuchar después de tantos años instalado en ese burgo caótico cuyos muros son los huesos de mi cráneo. Posteriormente comprendí que no estoy bien de todos modos, pero que la presencia del chinito y el resto de la gente no es indicador de locura.

Quise compartir mi anécdota pero en aquel entonces sólo encontré interlocutores hipócritas, personajes sin el carácter suficiente para asumir que también ellos oían voces que sabían suyas, habitantes de sus mentes, pero que no podían controlar por ser personas completas: con vida, con anécdotas, con timbres y temperamentos independientes y contradictorios.

Nadie en aquella época se permitió admitir que su cerebro era una aldea de gentecillas antagónicas que convivían como en un pueblo real. Nadie, a excepción de mí misma, lo confesó y, entonces, mis sospechas de demencia arreciaron y durante semanas, tal vez meses, evité acercarme demasiado a las personas, pues sentía miedo de llevar en mí el gen de una asesina en serie, de una destripadora, de una sicópata que oía voces inexistentes.

-Yo tengo que ponerme de acuerdo con mi gente –dijo una de mis mejores amigas, varios años después.

-¿Con cuál gente?

-Con la gente que vive aquí, pues, en mi cerebro…

-¿Tú tienes gente viviendo en tu cerebro? –Me sorprendí ante la revelación-. ¿Cuántos son?

-¡Muchos! ¿Tú no?

-Sí, yo sí, claro. Pero pensaba que era yo sola, pensaba que…

-No, mi amiguita –dijo ella con su tono maternal de siempre-. Todos vivimos con mucha gente que nos habla. Lo que pasa es que la mayoría no lo dice por pena.

-Yo tengo un chino en mi mente –me atreví a revelar.

-Yo tengo de todo, mujer, tú sabes que soy planetaria…

-Y una sifrina, un taxista, dos monjas, una prostituta, dos veterinarios, un sicólogo, un pederasta, dos profesoras de portugués, una policía, una lesbiana que es su novia, un machista, un tartamudo, una cantante, un taxidermista, un…

-Sí, sí, yo sé. Yo también tengo muchos y todos son distintos…

-¿Y pelean?

-Claro que pelean… Tranquila, niña, que eso nos pasa a todos.

Ella habló con esa seguridad que tal vez viene con los años y que era la única prueba de su edad pues su apariencia, a pesar de los embates de la vida y de la nada fácil tarea de ser madre, era bastante más fresca que la de muchas jovencitas. Sonrió y aspiró su cigarrillo con una mueca tal vez de satisfacción al comprobar que también yo tenía por cabeza una pensión de inquilinos descarriados.

Sentí que la normalidad había venido a visitarme, sólo a guiñarme un ojo y desaparecer. Recordé a aquel pretendiente, al que no correspondí porque al saber de mi gentío no dudó en llamarme loca, y me lamenté por él: sentí lástima de que su soledad fuera tal que, ni siquiera en su cabeza, tuviese con quiénes compartir.

Entendí por qué dependía de mí, por qué me llamaba y escribía casi obsesivamente: yo era lo único que tenía, pues él mismo había fumigado su cerebro para evitar la invasión de alguna muchedumbre intangible pero perfectamente conocible. Sentí ganas de llorar conmovida por su soledad, pero enseguida el júbilo de haber encontrado a alguien que por fin reconociese la existencia de sus aldeanos mentales me hizo olvidar el dolor precedente.

-¿Y les pones nombres? –Preguntó mi amiga.

-No, para nada. Yo sé quién es cada uno y no necesito nombrarlos: ellos saben cuándo aparecer.

-Yo sí les pongo nombres, para diferenciarlos…

-¿Diferenciarlos?

-Sí, de los del resto de la gente. Todos tenemos más o menos lo mismo. Eso que dices del chinito… yo tengo un alter ego japonés.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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