Papas fritas

De todos mis procesos mentales el de las papas fritas es el más complejo.

A pesar de parecer simple y por demás estúpido, el uso de las papas fritas como construcción discursiva, muletilla o lo que sea, se ha convertido en un completo sistema regulador de emociones: ante el amor, la adversidad, la impotencia y lo incomprensible, papas fritas. Si el jefe es un idiota, papas fritas; si gano un premio, papas fritas; si mi ex es un patán, papas fritas; si no me alcanza el dinero, papas fritas… papas… fritas…

La papa, ese tubérculo que sirve de contorno a todas las comidas de todas las taguaras, no tiene nada que ver en este asunto. Mis papas fritas son léxicas, son una vía de escape ante un sinfín de circunstancias. No existen salvo en mi universo particular, donde no las prepara nadie y no hay que irlas a comprar: mi cabeza es una gran paila donde infinitas papas se doran en julianas.

El problema, que lo hay, porque sería inverosímil que alguna cosa en este mundo no fuese problemática, es que el carácter genérico de esas papas que saltan desesperadas, quemadas por el aceite de mi sartén mental, me confunde y termina aliándose con el habitual caos de mi cerebro: de tanto adjudicar papas fritas a mis circunstancias los ítems de mi vida van a dar todos a la misma freidora y, de ese modo, ordenar mis ideas se convierte en una meta inalcanzable –como si no lo fuera aun sin papas-.

En consecuencia, he decidido honrar a la papa manteniéndola como el tótem que ayuda a mi pensadora a descansar, pero versionarla según la temática: las cosas importantes y felices serán papas fritas; las cosas aborrecibles serán puré de papas.

No pretendo con esto poner de manifiesto antipatía alguna hacía el puré de papas. En lo personal pienso que seguramente existió en la mitología alguna deidad a quien se atribuya la invención de tan excelso manjar, pero que este dios, ninfa o lo que sea que haya sido, se perdió en el tiempo, se quedó aplastando papas y mezclándolas con leche, ajena a los ojos de los historiadores, mientras Ares y Apolo hacían bulliciosos méritos en la guerra. Aunque tal vez sea obvio y sobre apuntarlo, he de decir que me hubiese encantado que en algún pasaje de La Odisea el dios en cuestión se hubiese aparecido ante Ulises y le hubiese enviado una lluvia de puré: el héroe y sus hombres habrían estado infinitamente agradecidos y el relato habría tenido una vueltecilla deliciosa y feliz.

A veces me pregunto por qué el demonio tentó a Jesús con un pan; yo en su lugar también habría rechazado la oferta: un pan seguramente duro no equivale a la curiosidad de saber qué se siente resucitar y mucho menos a la beca etílica de poder convertir agua en vino. A veces también me parece que Dios era alcohólico, pero eso es otro tema.

El punto es que si Satán, en cambio, le hubiese ofrecido al Mesías un plato de tibio y cremoso puré de papas la historia habría sido otra: Jesús hubiese aceptado y, por consiguiente, muerto de viejo después de muchos años casado con María Magdalena, trabajando como carpintero, comiendo puré a la orilla de un río y narrando cómo fue que a última hora le quitaron el rol de Redentor, en vez de padecer tanto por un montón de gente que, en lugar de agradecérselo, pierde el tiempo en cosas fútiles como hablar de papas mentales.

No en vano, ahora que lo pienso, a los pontífices se les llama “papas”; es que las papas son una vaina bendita, definitivamente.

Una vez aclarado el punto de que no hay nada en contra del puré, vale recapitular: papas fritas para aquello divinamente inquietante; puré de papas para las cosas que ameriten una locución despectiva.

Ahora bien, aunque las papas fritas correspondan a sucesos o personajes agradables, su rol es meramente regulador: no recurro a las papas fritas a menos que un nombre, lugar, rostro o acontecimiento se haya instalado en mi cabeza a niveles preocupantes. Son empleadas única y exclusivamente para neutralizar mi naturaleza obsesiva, pues si a todo le busco su equivalencia en papas, terminaré por dividir el mundo en dos grandes platos: fritas y puré y mis saludos serán “hola, frita, es una gran alegría verte tan linda como siempre, ¿Cómo estás?” o bien, “qué más, puré, hablamos luego, voy apurada”.

De acuerdo a ello, un buen texto es un buen texto y lo almaceno en mi anecdotario como un logro al cual recurrir cuando en alguna entrevista de trabajo me dicen “traiga un buen texto”. Un buen texto no es una papa frita. Una persona en la que pienso durante todas las horas del día que vivo conscientemente y con la cual sueño en las escasas horas que tengo para dormir, es sin duda “papas fritas”, puesto que requiero desprenderme de su nombre, diluirlo en el aceite hirviendo para poder concentrarme en el resto de las cosas.

A las cosas por su nombre, mientras se pueda.

Asimismo, un idiota que me empuje en el metro siempre será el idiota que me empujó en el metro, pues por su misma idiotez no merecerá más. Un vecino hostil con el cual deba interactuar y a cuyo criterio estén sujetas mis aspiraciones ante el condominio (entiéndase, que me dejen estacionar la moto donde no le dé el sol ni la lluvia y no se le paren maripositas, tuqueques ni ningún otro bicho, aunque ese espacio ideal acabe por ser el cuarto principal del apartamento de alguien) es un buen candidato a ostentar equivalencias en puré, puesto que por alguna razón flotará en mi cabeza aunque no merezca ser nombrado.

No obstante, ser papas fritas o puré de papas no es un hecho estático. La gente no es papa frita eternamente, puesto que existen la rutina, el ocio y la decepción. Tampoco me he topado con el primer puré de papas vitalicio: las personas y circunstancias que se han ganado su equivalencia en puré, han sido absueltas gracias al perdón y subsecuentemente al olvido.

Hay personas y situaciones –casi todas, en realidad- que poco a poco pierden su relevancia buena o mala y pasan de ser papas, fritas o puré, según sea el caso, a ser Marías, vacaciones, Federicos o exámenes, simplemente.

Y, en ocasiones, sorprendida por la papificación de mi pensamiento, me pregunto cómo fue que llegué a las papas en vez de elegir, por ejemplo, zanahorias o chocolates.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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