Calendarios

No me obsesiono con el tiempo; me río de él. Si alguien me dice que debo trabajar ocho horas trabajo seis o doce, pero ocho jamás. No duermo ocho horas porque me parece un capricho de alguien dividir la existencia en partes llamadas días y los días en tres para poder legislar: ocho horas laborando, ocho de entretenimiento y ocho tendidos en la cama y el que no lo cumpla paga multa si es verdugo o pasa por bolsa, por aburrido o por insomne si es víctima.

No soy tan práctica, prefiero enredarme, disfruto enredarme y descubrirme infinitas veces ante distintos obstáculos. Obstáculos, porque tampoco soy amiga de la facilidad. Facilidad, que al no existir se convierte en la palabra clave de todos los que eligen ser infelices: “la vida es complicada”, rumian y se entregan a una amargura que intentan contagiar al resto de los mortales. La facilidad es la madre de las dificultades y, para los pesimistas y depresivos, todo intento por comprender eso es una “pérdida de tiempo”.

Evito en lo posible las palabras relacionadas con el tiempo. Procuro que no existan “horas”, “ratos”, “momentos”. Los traduzco en distancias, ocasiones, pasajes, cualquier cosa que me ayude a respetar mi pacto interior de no mirar la diferencia entre andar y correr si al final lo importante será llegar al sitio.

El tiempo es, pues, un concepto en desuso para mí. No entiendo por qué algunos hablan de “ahorrar tiempo”, como si alguien pudiese engordarlo en una cuenta bancaria y entregarlo con intereses cuando alguien muere aún sin haber sentido amor, sin haberse postergado en unos hijos ejemplares, sin haber escrito un libro o desafiado alguna autoridad, sin haber abofeteado al patán de sus veinte años, sin haber pedido perdón al padre que no honraron. Ahorrar tiempo es inútil, pensar en el tiempo es estúpido.

Por cierto, al próximo que me pida un texto para publicitar una comida cuyo beneficio es prepararse “en tres minutos” le diré que no tengo “tiempo” para sus bobadas.

No me preocupa, tampoco, el fulano reloj biológico. Tengo la certeza de que me convertiré en un acure y entonces no faltará quien quiera tasar en años las distancias de mi prole tachando de tercermundismo ese ánimo tan mío de heredarle mucha gente útil a la sociedad y, lo que es peor, tendré que sucumbir a la obsesión de sacar cuentas, de enumerar semanas de embarazo, años de mis vástagos y precisar fechas de vacunas como si los plazos fuesen reales.

¿Quién ha tocado el tiempo? ¿Quién ha podido darle una nalgada a una hora infausta, como quien le pega a un pura sangre, para que se largue más rápido? ¿Quién logró suspender en lo intangible la última exhalación del ser amado para no perderlo jamás? ¿Quién metió en una caja el segundo en que un beso se hizo milagro y un abrazo recompensa? Si alguien lo consigue –y lo demuestra- aceptaré que existe el tiempo.

Mientras tanto seguiré desacatando a los relojes, revendiéndolos si puedo, sin darlos como obsequio pues la ilusión fatalista del tiempo no es algo que me apetezca regalar. Seguiré compadeciendo a los que reniegan de sus vidas porque sienten que no han aprovechado sus años cuando, en realidad, si los minutos existieran los estarían perdiendo en maldecir lo que tienen y salivar deseando lo que no fue.

No creo en el tiempo y, por ende, no veo en los calendarios más que la excusa para que los mecánicos tengan afiches de mujeres desnudas y para que los fotógrafos más o menos famosos se rebusquen en algo diferente a matar tigres en ceremonias de Primera Comunión.

No obedece esta perorata a pretensiones filosóficas de poca monta, a frustraciones mal canalizadas por una sicóloga pirata, ni a nada que no sea la genuina y simple intención de no recibir ni un calendario más en lo que queda de año; no me agallo en exigencias de por vida porque para los regaladores compulsivos de calendarios el mundo se mide en años y “siempre” y “nunca” es mucho tiempo.

De los casi cincuenta calendarios que he recibido desde noviembre hasta ahora, conservo un par. Uno porque me es inevitable ser parte del vicio infeliz de vivir sujetos a ese fantasma burlón que es el tiempo, y otro porque aún no he dado con alguien cuya debilidad me permita engatusarle hasta hacerle salir con el calendario bajo el brazo.

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