Ascensor

“Veinte minutos con el ascensor detenido en el piso 14. Como si estas bolsas de mercado no pesaran lo suficiente como para que yo quisiera subir rápido. Ah, claro, eso me pasa porque no tengo un hombre que me cargue las bolsas y se las dé de fuerte, subiendo los nueve pisos por las escaleras, haciendo ademanes de macho para enamorarme. Esto de ser solterona no es fácil en un mundo como éste, pero conseguir marido es más difícil todavía. Y el ascensor en el 14. Seguro la tonta ésa, la hija del bombero, se instaló a maquillarse en el espejo, sin tener la delicadeza de marcar la planta baja. Cuerda de inútiles y la bolsa de mercado que a cada segundo transcurrido me parece más y más pesada. Y el ascensor en el 14 y la escasez de azúcar y de hombres”, se repetía Clarita mientras esperaba el elevador.

“Mundo cruel, si acaso es verdad que existe Dios, ¿por qué me haces esto? Yo, que durante tantos años he presumido de mi cabello negro, negrísimo y crespo, ¿cómo puedo estar sufriendo de calvicie? ¡Qué rabia les tengo a las mujeres y qué rabia le tengo a este ascensor! Ellas mueren con cabello, en cambio nosotros llegamos a los treinta y enseguida empezamos nuestra carrera contra la alopecia. Tarde o temprano terminamos siendo unos cabeza e´rodilla y ganando el desprecio de las tipas que nos cambian por niñitos aunque sean chulos”, se repetía Alejandro mientras examinaba su cabeza frente al espejo del ascensor.

Entonces, recordó que debía poner la llave eléctrica y marcar la planta baja pues, de otro modo, el ascensor permanecería en el piso 14 para siempre. Lo hizo y enseguida las puertas se cerraron y el elevador comenzó su descenso.

“Me sobró un dineral. Claro, si no compré nada porque todo está escaso. Ni huevos, ni azúcar, ni leche. De casualidad conseguí café. Ah, gracias a Dios el ascensor empezó a bajar. Ahora sí voy a verle la cara pintarrajeada a la niñita ésa, que se echó media hora allá arriba en vez de maquillarse en su casa y no dejarme aquí, como un burro de carga, con las bolsas de mercado en las manos. En las manos porque si las suelto quizás hasta viene un zagaletón y me las roba”, reflexionaba Clarita.

“Y quién sabe quién estará allá abajo esperando el ascensor. Lo peor sería que fuese la chama del piso cinco, porque se va a dar cuenta de que estoy calvo y, lo peor, de que lloré. Ya casi llegamos… piso tres, dos, uno y…”

Se abrieron las compuertas. Clarita y Alejandro se vieron y éste cayó en cuenta de que había olvidado su maletín. Permitió el paso a la señora mientras hacía un gesto para ofrecerle ayuda con las bolsas:

-¿Qué te crees tú, chico? ¿Acaso piensas que soy una flacuchenta incapaz de subir mi propio mercado?

-No, sólo que son muchísimas bolsas y…

-¿Y ahora me vas a criticar que compré mucho? ¿Es que te pedí dinero prestado para comprar o es que crees que estoy demasiado gorda como para seguir comiendo tanto?

-La verdad es que yo…

-Que tú te metes a vivir al ascensor, a hacer sabrá Dios qué cochinadas ahí encerrado, mientras yo espero acá, desbaratándome con el peso de estas bolsas. Bueno, ¿eres tan amable de marcar el nueve?

-No. No soy tan amable –estalló Alejandro-. Resulta que yo soy como una especie de Sansón moderno: si se me cae el pelo, dejo de ser amable, y como el pelo se me cayó ya no te voy a marcar el piso nueve, ¿oíste?

-¿Y qué me importa a mí si se te cae el pelo?

-¿Y qué me importa a mí si te pesan las bolsas? Lo peor no es eso, no. Lo peor es que allá afuera hay un montón de gente que va a intentar consolarme porque me quedé calvo, entre esos mi mujer, que vive diciéndome estupideces sobre la supuesta potencia sexual de los que no tienen cabello, y yo tendré que fingir que me alivia saber que aún no hay ningún menjurje verdaderamente efectivo contra la calvicie, ¿entiendes?

-¿Y por qué no me has marcado el nueve? ¿Por la calvicie? Por lo menos tienes mujer, en cambio yo no tengo un mequetrefe que me cargue el mercado, ¿puedes creer que nadie me quiera cargar el mercado nunca?

-Yo te ofrecí ayuda, pero tú estás resentida.

-Marca el nueve.

-Te dije que no.

-Entonces salte.

-Tengo que subir.

-Sube.

-No marco nada.

-Yo no puedo marcar porque estoy repleta de bolsas.

-¿Y si te hubieses montado sola?

-No es el caso.

-¿Y si fuera?

-¿Sabes qué?

-¿Qué?

-Me voy, con mi soltería y mi mercado, por las escaleras.

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