Tres segundos

Aquella madrugada de enero, minutos antes del accidente, me había tumbado en aquel banquito de parque apoyando mi cabeza en tus rodillas y te había pedido prometerme que morirías después que yo. Cuando lo hice tu mirada gastada descansaba en el letrero luminiscente de la Clínica Santa Sofía y al escucharme la desviaste hacia mí, hiciste una mueca que no supe clasificar ni como compasión ni como ternura y me dijiste, con la voz anclada en la más vieja tristeza: “Eso es algo muy difícil. Tengo diez años más que tú”.

Entonces me incorporé velozmente y tomé tu cara entre mis manos, rascando tu barba con mis uñas cortas y pintadas de un rosa bastante infantil: “Igual yo no voy a vivir mucho”, te dije y recordé todas las veces que en apenas veinte años había estado en un hospital, sintiendo la levedad de la Existencia, la levedad de mi existencia.

Tú me miraste con cierto recelo y yo continué mi discurso: “…si la única manera de no verte morir nunca fuese morirme esta noche, lo haría con gusto”.

Y era verdad.

La felicidad de aquellos primeros días contigo me había bastado para sentir que estaba viva y que no necesitaba ver nada más. Entonces me lo prometiste, creo que sólo por hacerme callar y evitar oír más sobre mi disposición a la muerte: “Sólo serán tres segundos. Tú cerrarás los ojos y yo lo haré justo después”.

Ninguno de los dos sabía que el día podría ser ése. Vimos el reloj y reímos con nerviosismo al notar que eran las cuatro de la mañana, que tenías que devolverme a casa y volver a la tuya y que dormiríamos a duras penas dos horas para luego levantarnos y vestirnos para ir a trabajar.

Emprendimos el retorno que obligaba a cruzar por completo la ciudad y, en plena autopista Francisco Fajardo, lo que ninguno de nosotros esperaba sucedió.

Es la brevedad de un orgasmo la antesala al hecho sublime de dar vida. En segundos, millones de células compiten para convertirse en gente. Sólo una lo consigue y viene a la Tierra dotada de alma.

Idéntica es la brevedad que precede a la muerte. En segundos, millones de imágenes compiten por ser la última de tu vida. Sólo una lo consigue y va a clavarse en lo profundo de tu cerebro para sacarte de tus nociones para siempre.

Mi imagen fuiste tú.

Cuando la moto a toda velocidad resbaló sobre una mancha de aceite sentí que estábamos en el tiempo de cumplir tu promesa. Cerré los ojos sabiendo que luego lo harías tú y entonces me dejé caer contigo y grité tu nombre para contarte en el último segundo que habías sido mi última imagen.

Morir es fácil, no requiere practicarse, pasa de una vez. Pero aquella, esa vez, no era la tuya ni la mía y lo supe porque tus manos apretaron mis brazos hasta hacerlos doler y me arrojaron a un lado de la vía.

Entonces pude abrir los ojos y ver la moto alejándose en medio de un remolino de chispas y verte a ti caminar ileso hacia ella, esperando que se detuviera para levantarla y rodarla hasta el arcén como quien rueda una bicicleta.

Y me bastaron tres segundos para comprender que a bordo de tu moto aprendí de la ciudad y a bordo de tu piel habría de aprehender al mundo.

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