Bravucón

Sábado, once de la noche. Estoy en la ciudad que me vio nacer y que me enseñó que el odio, para que sea cierto, tiene que ser recíproco: Caracas me detesta tanto como yo a ella y en demostrárnoslo somos vehementes, como enamorados recién juntados, sin escatimar en manifestaciones del sentimiento que nos une; es así como Caracas sabe lloverme cuando llevo resfriados y prisas y yo, a cambio, sé renegarla de todas las maneras posibles.

El chico que viene a recogerme lo hace a bordo de una motoneta plateada. Lo conozco, estamos juntos, pero desde hace mucho desconectados. A él le gusta esta ciudad que cada vez luce más convincentemente su disfraz de porqueriza. A mí me gusta él y quisiera persuadirlo de abandonarla conmigo, de irnos a Madrid, que es la tierra de mi padre, la que lo hizo un hombre digno que no dice groserías ni mea en las calles, como sí lo hacen los caraqueños, pero mi chico adora las peleas de tráfico: adora usar el volante de su motico para golpear retrovisores y decir palabrotas para luego acelerar al máximo y perderse serpenteando automóviles entre los canales.

Hace más de un año que perdió su billetera y con ella su licencia de conducir. No la ha renovado porque se niega a pagarle su costo al Estado. Durante ese tiempo nos hemos comido el coco adivinando dónde se apostan los policías para esquivarlos y, cuando nos han detenido en alcabalas, mi chico ha negociado largamente con los oficiales hasta acordar montos ideales de sobornos que paga con la convicción de estar burlándose del presidente del país.

Esta noche hemos rodado apenas una cuadra cuando vemos la primera alcabala. Mi chico hace una maniobra para evitar el punto de control policial y se enrumba en contrasentido por una calle alterna. Entonces vemos como un carro nos viene de frente, sube sus luces y acelera como si estuviese determinado a arrollarnos, entonces se hace súbitamente a un lado y noto que ha pasado el peligro.

Es otra noche en que la agresiva Caracas me da un diploma de sobreviviente. Sonrío aliviada y enseguida me sorprende el rebuzno mecánico de la motoneta arrancando a toda velocidad y acercándose a la acera como si quisiera estrellarse contra el auto, ya en reposo. Cuando pasamos justo al lado de la puerta del copiloto, mi chico estira su pierna y castiga el vidrio con una fuerte patada, pero eso lo entiendo instantes después, porque en principio el golpe seco de su bota en el cristal me hace temer por mí y comprobar que todo está bien con mi brazo, mi cabeza, mi pierna…

Pero no con el conductor del automóvil.

En cuestión de segundos se ha bajado y desenfundado un arma. Nos está disparando y no sé si nos ha impactado alguna bala. Cierro los ojos y pienso en un número: 117, los caraqueños muertos por violencia la semana anterior. Creo que puedo ser uno de esos dígitos esta vez. Rezo invocando lo único para lo que realmente creo que he venido al mundo: “Señor, si es tu voluntad hacer de mí una buena madre, sácame de ésta con bien”.

En un instante estoy contra el asfalto que me roza con la furia con la que arde a pesar del frío de la noche. Levanto la mirada y veo la motoneta alejándose en un remolino de chispas. Mi chico avanza hacia ella con paso tan frío y seguro que creo que no sabe que yo aún estoy aquí. Veo manchas de sangre en mi ropa y entonces palpo con la mano mis dientes. Están completos. La sangre fluyó de mi mano: perdió parte de su piel con el roce del pavimento y el tejido descubierto luce mal. Lo olfateo y descubro que la fricción quemó al instante los bordes de la carne rota.

Mi chico camina hacia mí con la moto empujada como una bicicleta. Su expresión es distinta a todas las cosas que antes he visto en su rostro.

-¿Estás bien? –Le pregunto.

-No…

-¿Te pegaste? ¿Te pasó algo? –Intento revisarlo pero él rechaza mi mano.

-¿Sabes qué pasó? ¡Nada! Si ese hijo de puta hubiese tenido buena puntería al menos, te habría pegado un tiro y yo habría podido regresarme a matarlo, pero eso no pasó y ahora él está tranquilo en su casa rascándose las bolas mientras yo arrastro mi moto dañada.

-¿Estás escuchando lo que estás diciendo? ¡Nos pudo matar!

-A mí igual me mató: estoy muerto de arrechera.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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3 respuestas a Bravucón

  1. beth dijo:

    Excelente… bienvenida siempre a mi TL,talento maravilloso

  2. Esperanza dijo:

    Eres la mejor escritora que conozco.
    ¡Éxitos!

  3. Mikah dijo:

    Es bueno conocer otro escribidor, salud!

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