Insomnio

Lo peor del miedo a morir es asumir que un tipo de muerte te da más miedo que los otros. Cuando esta reflexión ocurre es porque sencillamente ya pactaste con el hecho cierto de que dejarás de respirar cuando menos te lo esperes: simple, uno no nació tan loco ni tan valiente como para acordar el momento en que se desprende del mundo con el despotismo con que se pisa una cucaracha o con la levedad con la que un globo se eleva por el aire hasta perderse de vista. Uno nació cobarde y cobarde se va a morir, rehuyendo lo que ya tiene presupuestado, con variaciones de estilo insustanciales para el resultado que no es otro que el mero hecho de dejar de vivir.

Yo les temo por igual a todas mis muertes posibles y esto es, supongo, porque no he caído en cuenta de su inminencia. Por alguna razón que no logro objetivar me siento lo necesariamente débil para no ser longeva y porto un exceso de felicidad que me hace desear, no así saber, que mi estadía en el mundo sea la más larga de todas.

¿Y si todo cambiara de repente?

La opción de ser longeva y no ser feliz me ha sacado a empujones de la cama. Son las tres de la mañana y no logro conciliar el sueño, así, en singular, ante la opción de que mis sueños, los plurales, se me escapen.

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