A la amiga que se fue

Desde que te conocí temí por tu muerte con la misma intensidad con la que temí por tu vida. Sentí pánico ante la posibilidad de que estuvieras muerta y terror por el hecho de saberte con el aliento necesario para matarte. Desde que te conocí supuse que no serías longeva, que un error de cálculo en tus espectáculos celotípicos te haría pasar a mejor vida si acaso no acopiabas en algún momento el valor para cumplir tu eterna promesa de irte a una posada en Mérida y matarte embuchándote de pastillas.

¿Sabes? Los mejores días de mi vida transcurrieron en una posada en Mérida. Fueron siete y si me hubiesen dicho que valían el resto de mis años me habría parecido un precio justo. Sin embargo, entre los pactos de mi felicidad y los placeres de mi espalda sorprendida a medianoche por el roce de esa barba, la que amo, no hubo un segundo en que no te imaginase abrumada por las paredes, tan blancas y tan burlescamente felices, engullendo tafiles para olvidar que no te amaron o que no supiste percibir si acaso lo hicieron, disfrazada con tus trapos a veces bellos y a veces incomprensibles, huyendo de ti en tus bicicletas de guache que jamás consiguieron llevarte a alguna parte… Siempre envidié, por cierto, ese talento tan tuyo para el no-lugar, esa capacidad sobrehumana para no vincularte a nadie, para ignorar que te quise y que aún siento en la panza consejos que quise darte y que no se me ocurrieron a tiempo para ayudarte.

Confieso que me hubiese gustado que esto de encontrarme de frente con mi destino lo hubiese podido compartir contigo. Mi amiga que sospechó mis sueños habría brincado de emoción al verlos hechos realidades… Pero las cosas no siempre pasan del modo que uno quiere y mi amiga, de cabellos color cambiante pero igual de frágil siempre, ya no existe.

No te extraño nunca, porque sé que todo aquello que te metió en mi corazón hace mucho se diluyó entre miserias. Te recuerdo, eso sí, como la amalgama de la virtud y la debacle, como esa bola de talentos enrumbados al fracaso, como la forma más hermosa que alguna vez tuvo la desgracia; y me aferro a ese recuerdo como si ahora mismo pudiese presentirte y olfatear que no te crees la vida de mentira que le vendes a la gente, ésa de felicidades borrachas que acaban vomitándose encima de tus realidades, cada vez peores, cada segundo más tristes.

Yo te quise y permanezco con la mayor de las firmezas en esa lealtad inútil que no supiste creerme. Sigo temiendo por igual tu muerte y tu vida. Sigo rezando de vez en cuando para que tu autodestrucción sólo exista entre palabras.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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