El espejo retrovisor

Los pactos de mi vida habían sido más bien débiles. Solía prometerme más vasos de agua y menos dulces por día, cargar sencillo siempre para no reñir con choferes de autobús, ahorrar sumas fijas todos los meses y no gastarlas excepto en adquisiciones enormes o muy duraderas… Tonterías. Era lo más conveniente para ejercitar el músculo de la voluntad y la lealtad sin que vulnerar mis promesas decantase en consecuencias muy serias: Proponerme bobadas fáciles de cumplir y cuya ruptura resultase inofensiva.

Aquella noche fue distinta al resto. El tedio del trabajo y una clase categóricamente inútil habían hecho de mi día una completa pérdida de tiempo. Sabía, en la inexperiencia de mi corazón, que a mis días les hacía falta algo más.

Entonces lo vi.

Era un detalle que podría haber pasado desapercibido, una miniatura en el paisaje que para mi sorpresa desafió mi miopía aun en medio de la noche. Una minucia que, sin embargo, tomaba cuerpo dentro de mí como una angustia genuina que a pesar de su oscuridad me hacía sentir plena, como si por primera vez en mi vida mis sentimientos fuesen reales y se estuviesen saliendo de control hasta transformarse en un instinto de protección, tan bestializado, que podía acabar con todo disimulo y desbocarse en la manifestación de la que reconocí como la preocupación más grande que me había acudido en mis menos de dos décadas de vida: Era una motoneta a la cual le faltaba uno de sus retrovisores.

No fui capaz de calcular eficazmente hasta qué punto acercarme y, cuando fui consciente de ello, ya había avanzado demasiado. El conductor estaba junto a ella, preparándose para partir; hizo una pausa en sus movimientos y me vio con una expresión que yo conocía y que evitaba por saber que podía desarmarme al rozar mis ojos:

-Perdiste un espejo -dije sin estar segura de haberlo hecho en tono audible.
-Sip… hace tiempo.
-Es peligroso. No puedes saber quién viene atrás.
-De hecho, no lo es tanto… siempre se puede oír o algo así…
-No quiero que te pase nada -fui la primera sorprendida con la frase-. Toma, esto… esto va a ser como un amuleto para que te cuide mientras consigues otro espejo…

Enseguida me sentí estúpida, pero no podía dar marcha atrás. Había abierto mi cuaderno de Betty Boop y me disponía a la acción más adolescente y supersticiosa de mi vida: despegar una de las pegatinas que venían en la primera hoja para pegarla en… en…

Para mi asombro, su receptividad fue absoluta:

-Que sea sólo tipográfica -dijo escogiendo una con la vista al tiempo que me extendía su casco rojo señalando el punto específico dónde adherirla -. Aquí, para que no se moje y dure más.

Aquella noche entendí que lo amaba y casi pude calcular cuánto quería protegerlo. Los pactos de mi vida habían sido más bien débiles hasta que tuve que jurarme que jamás le dejaría saber lo que sentía.

Entonces me construí un silencio que pudiera conservar mis sentimientos frescos en lugar de intentar matarlos… un silencio de vidrio que, tres años después, él quebró revelando, entre otras cosas, que la pegatina de Betty Boop lo sigue acompañando.

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Acerca de Janet Marilyn

BLOG PERSONAL. De vez en cuando tengo algo que decir y, si lo digo en mis perfiles, es estrictamente personal y no representa la postura de las empresas para las cuales trabajo.
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